La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
Se muestran los artículos pertenecientes al tema La tiranía del lector. 14/09/2007Ritos: Liliana llorandoPrincipio: Menos mal que es Ramos y no otro médico, con él siempre hubo un pacto, yo sabía que llegado el momento me lo iba a decir o por lo menos me dejaría comprender sin decírmelo del todo. (...) Es cierto que escribir me calma a ratos, será por eso que hay tanta correspondencia de condenados a muerte, vaya a saber. Incluso me divierte imaginar por escrito cosas que solamente pensadas en una de esas se te atoran en la garganta, sin hablar de los lagrimales; me veo desde las palabras como si fuera otro, puedo pensar cualquier cosa siempre que en seguida lo escriba, deformación profesional o algo que se empieza a ablandar en las meninges. (...) Hay que decir que el coraje de Liliana es mi mejor consuelo, verme ya muerto en sus ojos me quitaría este resto de fuerza con que puedo hablarle y devolverle alguno de sus besos, con que sigo escribiendo apenas se ha ido y empieza la rutina de las inyecciones y las palabritas simpáticas. (...) Les va a costar separarse después del almuerzo porque es entonces que volverá lo otro, la hora de irse a sus casas, el último, definitivo entierro. Perlas disponibles: parentela desencadenada, la mentira de una paz traficada, esa luna como una ventana de hotel allá arriba, el cajón de la mesa de luz, con un semisueño de engaño, todo se iba dando más amortiguado Viernes, 14 de Septiembre de 2007 19:57. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: La tiranía del lector Hay 7 comentarios. 08/09/2007Ritos: Cartas de mamá
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Principio: Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de franquear el puente. (...) Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después él las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta. (...) No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido caer sobre él la libertad como un peso insoportable. Las cartas de mamá le traían un tácito perdón (pero de nada había que perdonarlo), tendían el puente por donde era posible seguir pasando. Cada una lo tranquilizaba o lo inquietaba sobre la salud de mamá, le recordaba la economía familiar, la permanencia de un orden. Y a la vez odiaba ese orden y lo odiaba por Laura, porque Laura estaba en París, pero cada carta de mamá la definía como ajena, como cómplice de ese orden que él había repudiado una noche en el jardín después de oír una vez más la tos apagada, casi humilde de Nico. Final: Pasó al otro cuarto, fue a la mesa de trabajo, encendió la lámpara. No necesitaba releer la carta de mamá para contestarla como debía. Empezó a escribir, querida mamá. Escribió: querida mamá. Tiró el papel, escribió: mamá. Sentía la casa como un puño que se fuera apretando. Todo era más estrecho, más sofocante. El departamento había sido suficiente para dos, estaba pensado exactamente para dos. Cuando levantó los ojos (acababa de escribir: mamá), Laura estaba en la puerta, mirándolo. Luis dejó la pluma. - ¿A vos no te parece que está mucho más flaco? —dijo. Laura hizo un gesto. Un brillo paralelo le bajaba por las mejillas. - Un poco —dijo—. Uno va cambiando... * * * Perlas disponibles: parentela desencadenada, la mentira de una paz traficada, esa luna como una ventana de hotel allá arriba, el cajón de la mesa de luz Sábado, 08 de Septiembre de 2007 18:13. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: La tiranía del lector No hay comentarios. Comentar. 01/09/2007Ritos, juegos, pasajes ahí y ahora![]() A partir de este momento, y a medida que avance en mi relectura anual de los relatos de Cortázar, voy a ir extrayendo la primera y la última frase de cada uno de ellos, así como el párrafo o párrafos a mi modo de entender, más significativos (si se tercia, y mar adentro, escribiré algo sobre, o gracias a ellos). Con las pinzas de la sana desinfección sacaré además, no me será difícil, la palabra, palabras o combinación de palabras más brillante o susceptible de recordar que encuentre en cada texto, e iré apuntándolas en relación creciente, de forma que sirvan para crear relatos nuevos, míos o de quien pase por aquí y se le antoje cogerlas, con la única condición de que en lo creado se encuentren todas las palabras seleccionadas hasta ese momento, ya que una vez se hayan utilizado, volverá al cero el índice de las perlas elegidas. Nos veremos en la zona de comentarios. A jugar. Sábado, 01 de Septiembre de 2007 15:08. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: La tiranía del lector Hay 12 comentarios. 07/04/2007Si queréis formar juicio acerca de un hombre, observad quienes son sus amigos (uno)Todo, el afán de escribir y cuanto virtualmente se puede contar de mí, empezó hace ya un buen montón de años con un cuento gótico que escribió Lord Freelance. Ahora él lleva, ay bendito, perilla y una melena demasiado larga, y sigue siendo un hombre muy importante y ocupado, pero es posible que no haya olvidado que una tarde o puede que una mañana de octubre del año dos mil cuatro, la pasamos creando: él su primer blog (que enseguida se le quedó pequeño) y yo el mío. Éste. Que empezó suave, muy suave, sin nadie pero nadie mirando (como es fácil comprobar) y en el que podía vérseme repitiéndome y corrigiéndome sobre trabajos que el que me conocía ya había leído, trabajando sobre ellos con esa paciencia de ebanista que él me enseñó a tener, y de la que lamentablemente nunca más he vuelto a hacer gala. Ese mismo año y por la misma época fundó Portnoy su Lamento, y cada semana, puntualmente, colaboraba en esta casa enviándome un idiota en una caja o un porno-trágico, que me permitía colgar a condición de que también yo escribiera y colgara algo que fuese mío (por gestos como estos, y por otros que no importan a nadie, es por lo que las cosas son como son y no son de otra manera). Sin olvidar al bueno de Robertokles, al que conocí como a Portnoy en un foro literario, que con esa paciencia que nunca admitirá poseer, se encargó de sacarme arriba esta cosa tan complicada de las plantillas. De las cabeceras. De los entresijos y apariencias de los que no teníamos (ni tenemos) la más remota idea y para la que también coloboró, más de una vez y más de dos parapo, que por aquél entonces ya tenía un samurai entrópico plantado en mitad de la red. Aquel mes de octubre del año dos mil cuatro. Sábado, 07 de Abril de 2007 22:25. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: La tiranía del lector Hay 8 comentarios. 22/06/2005Luna azul desde el hemisferio Sur![]() Siéntate aquí conmigo y vamos a mirarla. ¿Me das la mano? Estas cosas se ven con la mano cogida, ¿sabes? sí, así, sin apretar ni nada, sin alharacas. Mientras la sostienes ya sé que sabes, como yo sé, que nunca habías visto nada tan bonito. Que te estás llenando. Respira. Si te estremeces, si te entra frío dímelo que me pegaré más, ¿vale? Es muy hermosa. Mírala qué poderosa, no le hace falta nadie para sostenerse ahí, ni al mar para mecer su reflejo. Son grandes. Nosotros en cambio, nada. Pequeños. Pasajeros. Nada. Son los demás quienes nos crean, ¿pero quienes somos nosotros? En realidad sólo esto, asombrados espectadores de paso. Fíjate, fíjate qué Luna y qué mar, ellos sí saben quien eres. Te ven sentarte aquí como han visto sentarse a miles, a millones, a miles de millones. Sentándose y después levantándose, andando para desaparecer. El frío de la arena en la planta del pie, la sombra que proyectas, el pelo que el viento revuelve, un obstáculo a rodear para la hormiga, un escalofrío cuando amanece, el picor de tu nariz, la humedad en tu piel. Tu pecho que sube y baja. El brillo de tus ojos cuando los miro. Mi vida. Nada. Y la respuesta que dio (por entregas) Ernesto, dice así: Dicen que es sólo un efecto óptico, pero lo cierto es que esta noche se verá más grande que nunca. Me siento aquí, contigo. Vamos a mirarla con las manos cogidas: tú no aprietes si no quieres, pero déjame que yo presione justo así, para saberte de verdad, para palpar todo el asombro de tu alma en el tacto desprevenido de tu mano. Nunca había visto nada tan bonito (me refiero a ti, embelesada ante la luna). Hay una terrible belleza en la aplastante grandiosidad del espectáculo (me refiero a la luna rielando en el mar). Te asalta la tentación de creerte una hormiga dando un rodeo, un personaje de ficción creado por los demás, perplejidad cósmica, pura angustia existencial. Pero esos pensamientos tristes son sólo verdades a medias. Fíjate. Piensa. Reacciona. Son mentiras. Mentiras. Nunca debí recurrir a toda esa poesía cruel que pretende reducirnos a hormigas. Hormigas al pie de un Olimpo poblado por tiránicos malos poetas. Sin nosotros mirándola, la luna sería una piedra helada, una mota de polvo en la inmensidad del universo, chatarra insignificante. Los significados de la luna, todos sus significados, se los damos nosotros (me refiero a nosotros dos y a la humanidad entera). Eso somos nosotros, no te lo preguntes más (si ya lo sabes): somos los que miramos, los alzados del suelo para mirar, para ver cuanto existe, para nombrarlo, para hacerlo "real". La realidad no existe sin nadie que la nombre, la imagine, la piense, la transforme. Míranos ahora, aquí sentados, con las manos cogidas, pensando absurdamente que la luna sabe algo de nosotros. Hace rato que me he desentendido de su belleza muerta. Te miro. Decido no pensar que "andamos para desaparecer". No lo puedo pensar cuando te miro, porque la vida es eterna mientras tu pecho suba y baje, mientras me pique la nariz, me cojas de la mano y te brillen los ojos al mirarme. Eterna, ¿me oyes? 10/06/2005Te quiero sólo para un sueñoSiguiendo instrucciones imprecisas de lo que viene a ser mayormente (Fiti dixit) la tiranía del lector, Ernesto, de Euskal Show, y servidora hemos escrito —a partir de un verso de Pessoa que les da título— los dos relatos que siguen a continuación donde el primero, en todo, es el de mi invitado. Y dice así: Mieres (Asturias), 1954 La noche de bodas, no hicieron el amor. Apenas ella se desprendió del vestido, que había sido de su madre, todo se precipitó a la catástrofe. - Dime que no la querías. Él la miró, incrédulo, desde la cama. Nunca, en tres años de noviazgo, habían hablado de eso. "Vaya un momento para sacar el tema", pensó Alberto. O, tal vez, en el silencio de piedra que se erigió entre los dos, sólo acertó a pensar -aturdido- un prosaico "la cagaste, muchacho, hoy no te estrenas". Aunque, lo más probable es que no acertara a pensar en nada, limitándose a sentir un repentino calor pulsante en las orejas. - Contesta. Dime que no la querías. Lo dijo desde el centro del dormitorio, con los brazos en jarras, frunciendo el ceño, alzando peligrosamente la voz. - No grites, que te oirán mis padres-, suplicó Alberto, señalando hacia la habitación contigua. - Me da igual. Contéstame. - Pero, mujer, ¿no te parece que "ahora" no es el momento de hablar de esas cosas? Prendió un "Antillana" -corto, sin filtro, con el papel dulce- y aspiró con fuerza, calzándose las babuchas, exhalando después una bocanada de humo azulado, con gesto de fastidio mal disimulado, avanzando hacia ella hasta posar las manos en sus hombros y mirarla con media sonrisa forzada. - Venga, déjalo ya, cariño. Marta no le miraba, no le quería mirar. - No me toques, cerdo. Me das asco-, escupió con voz desconocida, saltando un paso atrás. Alberto pensó -entonces sí, lo recordaba bien- que aquello no le podía estar pasando a él. Que aquella dulce criatura, de inmensos ojos limpios, no podía ser capaz de concebir y pronunciar semejantes palabras. Que tenía que ser un mal sueño del que, sin duda, despertaría en cualquier momento y todo se disiparía como el humo del pitillo por la ventana. Pero el temporal arreció. Con una imposible voz agudísima, que amenazaba despertar no ya a sus padres sino a todo el vecindario, se fueron atropellando los insultos. - Hipócrita, asqueroso, sinvergüenza, ¡canalla! Le golpeaba el pecho con los puños. - Aún quieres a aquella zorra, ¡no lo niegues! La voz sonaba cada vez más ronca, hasta volverse un estertor informe. Le arañaba la cara y palmoteaba al aire, tratando de cogerle el pelo. De un manotazo, le tiró las gafas. Las pisó, furiosa, haciéndolas añicos. Alberto permanecía estupefacto, como una estatua lívida, con los ojos muy abiertos y los brazos desfallecidos, sosteniendo aún el cigarrillo que se había olvidado de fumar. Y siguió inmóvil, sin saber qué hacer o qué decir, mientras Marta parecía ahogarse en un incomprensible parloteo gutural, tumbada en el suelo, con los ojos en blanco y una estridente respiración pedregosa. Mucho tiempo después, o tal vez sólo unos segundos más tarde -nunca supo precisarlo, cada vez que rememoró aquella escena a lo largo de su vida-, la arrastró como pudo hasta la cama, la arropó, guardó los trozos de sus gafas en un bolsillo de la americana -extrañado de ver su ropa compartiendo armario con la de ella-, se fumó todo el paquete de "Antillana" asomado al balcón sin poder pensar en nada y se echó a dormir en el sofá de la sala cuando ya amanecía. Le despertó el ajetreo de su madre, trasteando en la cocina con el desayuno y, antes de que pudiera verle, se deslizó al dormitorio para no dar explicaciones. Marta dormía apaciblemente, como si nada hubiese sucedido. Se acurrucó en el borde de la cama, con mucho cuidado de no rozarla, de no despertarla, conteniendo la respiración. Y volvió a dormirse, imaginando cómo hubiesen podido ser las cosas si él se hubiese comportado de otra manera durante lo que, el resto de sus días, decidió llamar "La Escena". Si, desde el principio, le hubiese mentido: "No, no la quería, sólo me daba lástima de ella porque estaba ya muy enferma; compréndelo, estábamos comprometidos y con la boda a fecha puesta, me sentía muy atado: por ella, la enfermedad, las familias, el qué dirán... Mieres es muy pequeño; pero no la quería; era todo una inercia, un noviazgo desde críos, una madeja; no tenía escapatoria, sólo la muerte, su muerte, únicamente ésa era la salida y, cada vez que lo pensaba, me sentía sucio, despreciable; por eso huía hacia delante, engañándole a ella, a su familia y a todos los demás, a mis amigos, a todo el pueblo, componiendo la figura trágica del viudo prematuro, compungido, a cuyo paso murmuran las comadres `pobrecillo, qué mala suerte´: construyendo a conciencia un personaje de ficción, atribulado, un farsante, sí, tienes razón, que no sabía qué hacer con aquella enorme piedra de molino amarrada al cuello y sólo acertó a hacer el ridículo". O si, además de decirle todo esto, hubiese añadido: "Su muerte fue una liberación, lo confieso". O si, en lugar de todo lo anterior, le hubiese dicho simplemente "Te quiero a tí". O si, en mitad de La Escena, en completo silencio, le hubiese estampado un bofetón. O si, en vez de quedarse paralizado y mudo, la hubiese sacudido por los hombros y le hubiese gritado -bien fuerte- no sé qué cosa, porque al llegar a este punto ya estaba profundamente dormido en el canto del colchón, encogido como un feto de treinta años que yace junto a una esposa virgen, repentinamente desconocida, sin más consuelo que el reconfortante sonido lejano de mamá preparando el desayuno. Cuando despertó, el sol estaba alto y Marta se vestía canturreando. - ¡Vamos, dormilón!, no tenemos mucho tiempo. El tren a Valencia, pasaba a la una. Alberto saltó de la cama, estrelló un poco de agua helada contra su cara, se vistió, extendió brillantina en su pelo y se peinó hacia atrás. Salió con Marta al salón, besó a su madre -que fingió ignorarlo todo-, picoteó algo en silencio y sin apetito, se despidió taciturno como quien parte en viaje de negocios y caminó hasta la estación con Marta de la mano y una gran maleta azul que pesaba como un muerto. Se sintió acarreando su propio cadáver. La estación era pequeña, blanca, con puntillas de madera en el alero y un reloj oxidado parado a las tres. Se llegaba en dos pasos, porque el jefe de estación -el padre de Alberto, Don Alberto Castillo- era ferroviario como otros son marinos, por vocación. Inevitablemente, las casas por las que había ido dando tumbos, al antojo de "RENFE", por media España, estaban siempre al borde de las vías: su mar de raíles brillantes surcado por trepidantes locomotoras de vapor, como barcos asmáticos. "¡El progreso!", solía exclamar -con ojos de enamorado- al paso del Correo de las diez, mientras su fiel amigo el factor Vallina, invariablemente, escupía y añadía entre dientes "que le den por culo". Y Alberto le recordaba así, siempre maldiciendo, aún cuando el pobre hombre se esforzaba, ahora, por ser ceremonioso en la despedida, llevando la aparatosa maleta azul que pesaba como un muerto: "que tengan buen viaje y feliz luna de miel. Y no dejen de ir a Barrachina, ya verán qué horchata". Con la nariz pegada a la ventanilla, Alberto le miró dar la salida, agitando el farol. Y había una insoportable melancolía en aquel gesto desgarbado del minúsculo hombrecillo, casi perdido dentro del traje dos tallas mayor. El silbido de la locomotora, escocía como un arañazo. De pronto, se miraron y supieron que estaban solos el uno con el otro, o tal vez sólo el uno junto al otro, o frente a frente, a bordo de un vagón de segunda decorado con fotos desvaídas de las murallas de Ávila, oliendo a zotal y carbonilla, sin saber de qué hablar, o sabiéndolo y deseando eludirlo, o queriendo que el otro no fuese el que era sino "otro" distinto con quien poder hablar de otra cosa cualquiera, o con quien no fuese preciso hablar de nada en absoluto. Entonces, se besaron. Pero ni ésa, ni todas las demás veces que se besaron a lo largo de su vida, fueron capaces de saber a quién de todos ellos daban un beso. El nudo que le ceñía el abrigo al cuerpo y que ella liberó dócilmente, aprisionó su garganta. Tomaron asiento, soltó el sobre que apretaba en el bolsillo de la americana y cogió su mano. Qué olor desprendía. No había duda de que aquella era la mujer más hermosa de cuantas había conquistado. Hablaba y hablaba riéndose a carcajada limpia, desbordándose en cada gesto. Amándole, sí, removiendo el café y amándole. Sin más amándole y toda su calidez regalándole. Era muy callada y nada curiosa, no le hacía preguntas ni le ponía al corriente de sus cosas, pero sí plantaba un gesto grave y atento mientras él le contaba las suyas. Tenía aptitud para compartir momentos de la vida. Para prender su corazón subiéndosele encima, demorándose en caricias y dejándose atravesar sobre la colcha de la cama de hotel; mientras él casi cruzándola, con todo apetito devorándola hasta que se saciaban y despedían y ella entre te quieros dulces, ponía una mano sobre su mejilla y sonreía hasta la siguiente vez en un blando abandono. Y siempre era un milagro. Siempre se llenaban hasta que el cuerpo le pedía más, que se le secaba urgente, y una llamada telefónica se la traía de vuelta. Te quiero sólo para un sueño, susurraba ella sobre su boca. Sólo para un sueño, repetía él, inconsciente. Los edificios se sucedían a velocidad creciente. Más lejos, más. Mecánica y rápidamente, los molinetes de la maquinaria lo alejaban del único lugar del que no quería irse. Le echó un nuevo vistazo al contenido del sobre y casi estrujándolo volvió a retirarlo. Era imposible. Por cómo se deshacía entre sus brazos, imposible. Pensaba y procuraba no moverse en su asiento, creía que la presión de la distancia iría sacándole el brazo de la garganta, confió en que conforme los metros corrieran imparables, aquella duda menguaría hasta quedar reducida al alivio. Realmente lo esperaba y convencido, tampoco miraba a parte alguna, apenas pestañeaba, mano sobre mano con los dedos abriéndose al vacío. Sinceramente roto. Avanzando con pie de hierro contra sí mismo. La muchacha había sido novia de un subordinado suyo. En una comida de empresa la casualidad quiso que tropezaran y ella le derramara la copa encima, se disculpara, rieran y acabaran dándose sus números de teléfono. Él gastó cuanto pudo hasta colmarla de regalos, y ella no tardó ni una semana en aceptar el cambio. Él, director de una céntrica sucursal bancaria, sabría estar mucho más a la altura que aquel petimetre de interventor; y así habían pasado amantes las semanas hasta que la otra mañana, entre los expedientes de créditos pendientes de aprobación, encontrara un sobre cerrado conteniendo decenas de fotografías de la reciente cena de navidad, donde su queridísima, por casualidad, también había chocado con el jefe de zona, incluyendo unos primeros planos de las manos de ambos intercambiándose sus respectivas tarjetas de visita. Por eso él la había citado de urgencia con el miedo metido en el cuerpo, por eso le había hecho el amor como nunca antes, y también por y gracias a eso, ya de vuelta en su despacho se había convencido de lo falso de las acusaciones bajándole la duda al mínimo, tal y como había imaginado que pasaría durante el trayecto. Se preparó para llamarla. La despertaría, estaría atolondrada revolviéndose en sudores y eso le volvía loco, podría decirle cuánto la amaba y ella restauraría la normalidad a golpe de bostezos y ronroneos enamorados. Pero no contestaron, ni la primera vez, ni la segunda, ni la tercera ni la décima. Agotaba una llamada y otra y un cigarrillo y otro. Se le resbaló el móvil de las manos y se dejó caer sobre la silla, los brazos caídos como trapos viejos, al tiempo que se armaba la terrible secuencia en su cabeza. Al levantar la vista chocó con los ojos del interventor, del cajero y del portero de la sucursal, que cabeceando, siguieron con su trabajo. Antes de que la garganta terminara de cerrársele, su secretaria le pasó una llamada de la central. El jefe de zona quería hablar con él. La habitación oscureció lentamente, el entorno por contraste se volvió finito y su camisa roja, con esa luz, le convirtió en un gran coágulo de sangre. 07/06/2005Ex libris (melodrama bibliófilo en tres actos)
* * * -Sólo hay dos cosas que me hagan sentir vivo: acariciar la piel de un libro encuadernado en cordobán y leer una mujer. Aunque la piel del libro carece de ciertos lugares inexplicables, como esa tierra de nadie en la que el labio empieza a dejar de serlo y la piel se va trasformando en labio, pero no es piel ni labio, sino el resquicio por el que la prosa se ordena en versos, y la lectura apacigua y seda. Me quedo dormido cada vez que comienzo a pasear el índice por esa región de la mujer; pero ellas, que aguardan siempre algo más, me abandonan como se abandona una buena novela difícil: con dolor y con la certeza fatal de que nos reclamará de nuevo. -Siempre. O siempre lo hacía. Desde el accidente estoy, por así decirlo, fuera de juego. Gracias a Dios ella siempre está a mi lado. Sé que no me dejará. Mientras el viejo hacía una pausa para beber de su copa, me pregunté si tendría que aguantar sus locuras durante toda aquella semana. Quizá se centraría en los libros cuando empezáramos a examinarlos. Era un encargo extraño. Me había contratado para tasar su biblioteca, una de las más impresionantes que había visto en mi vida. Tenía primeras ediciones, ejemplares únicos, obras dedicadas de puño y letra de un clásico a otro clásico quien, a su vez, se dirigía en otro libro a un político ilustre, o a un artista que adornaba la portada de otro ejemplar con un dibujo a lápiz, tejiendo una red invisible a lo largo de toda aquella colección. Encontré un impreso aldino, manuscritos iluminados del siglo XV, un par de incunables bajo cuyas cubiertas se adivinaban fragmentos de pergamino cubiertos de partituras en rojo y negro: un tesoro encerrado en aquel despacho sucio, tan descuidado como su dueño. Me iba a llevar muchas horas examinar aquellos anaqueles repletos, de los que se ufanaba el viejo. Estremecía verlo pasear su mirada muerta por el lomo de los libros. Miraba como si pudiera ver, como si tras sus gafas oscuras hubiera ojos, y no dos agujeros negros. -No le acompañaré en su tarea. Sería demasiado doloroso. Lo hará mi esposa. -Bien. Puede estar tranquilo. Seré justo en la tasación. -No lo sea. Mejor sea generoso. Si fuéramos justos no tendríamos otra salida que asesinarnos por las esquinas. Era optimista el viejo. Por suerte salió de la habitación y me dejó a solas con los libros. No me atreví a tocarlos hasta que regresara, pero entonces oí una voz bien diferente a mi espalda. -¿Sigue aquí? Qué valiente. Los otros no resistieron el discurso sobre los labios. No tenía aspecto de novela. La mujer aparentaba treinta y cinco años. Vestía una blusa blanca que revelaba lo suficiente, y fumaba un cigarrillo con boquilla de plata, como una estrella de cine antiguo Ella me dedicó una sonrisa cómplice. -Sé que le ha explicado las condiciones. Será mejor que empecemos. Querría terminar cuanto antes. Estuvimos seis días revisando los libros. Ella los iba tomando de la estantería y me los entregaba, siguiendo un orden que no acertaba a comprender. Yo examinaba cada uno durante unos minutos. Tomaba nota de los detalles, señalando los datos que necesitaba comprobar más tarde en los catálogos; pero podía calcular el precio con bastante aproximación, y en casi ningún caso era bajo. Aunque alguno me decepcionó: como una novela de los años treinta de un autor olvidado. Una edición pretenciosa, probablemente financiada por él mismo; lo único valioso era la encuadernación. La mujer me quitó el libro de las manos y lo devolvió a la estantería. En su lugar dejó un ejemplar envejecido. Se trataba de un impreso de Elzevir. No podía dar crédito a lo que tenía entre mis manos. -¿Tiene idea de lo que vale esto? ¿Seguro que quiere deshacerse de él? -No lo entiendo. Y sin embargo conserva esa bazofia. -Es por la encuadernación. Cuando dice que le gusta más acariciar a un libro que a una mujer no miente. Aquella tarde terminamos pronto. Al caer la noche oímos un grito que venía de otro extremo de la casa. Era el viejo, que la quería a su lado. Se despidió de mí hasta mañana y me dejó en el recibidor mientras me ponía la cazadora: él no podía esperar. Abrí la puerta para marcharme, pero me pudo la curiosidad, y no resistí la tentación de deslizarme por el pasillo hasta la puerta del dormitorio. Presté atención y pude escuchar unos minutos de conversación. Era absurda. El viejo le hacía preguntas sobre sus sentimientos, sobre sus deseos; hablaba como el protagonista de una telenovela. Pero lo más sorprendente era que ella no se avergonzaba. Respondía como si estuviera confesando, como si hablara con un psiquiatra, y no con su marido. Como si aquella fuera una conversación sensata. -En tus sueños, ¿reconoces a tu amante? ¿Soy yo ese hombre? Me atreví a mirar por la rendija que dejaba la puerta entreabierta y pude ver, reflejado en la puerta del armario, cubierta por un gran espejo, al viejo tumbado en la cama, boca arriba, las manos cruzadas sobre el pecho, y a la chica sentada en una butaca junto a la cabecera, con las piernas cruzadas, respondiendo la pregunta con un susurro inaudible. Observé que la butaca era un sillón morado que desentonaba violentamente con el resto de la decoración, como un grito de protesta que el viejo no podía escuchar. Entonces ella me miró. Pude ver sus ojos fijos en el reflejo de los míos. Parecía estar del otro lado del espejo, en un mundo aparte, un mundo que era el de aquel loco que la leía tumbado en su lecho. Un día, cerca ya del final de nuestro trabajo, me recibió ella sola. Dijo que su marido estaría ausente una semana. No dio más explicaciones. Mientras me conducía a la biblioteca comenzó a hablar sobre los viajes de su marido. Antes eran más frecuentes, dijo. Solía acudir a Londres –llamaba a Sotheby’s su segunda casa-, a Praga, a Roma, a Nueva York. Sobre todo a Hamburgo, donde trabajaban los mejores contrabandistas. Allí consiguió aquel manuscrito árabe. Cuando volvió a casa con él estuvo días leyéndolo, olvidando los otros, en contra de su costumbre. Su marido, aclaró, podía leer árabe a la perfección. Claro que aquello fue antes del accidente. Me pregunté cómo, y adónde podía viajar un ciego, y qué libros podía comprar, pero me intrigaba más su afición a leer mujeres. -Comprenderá que un hombre que ha reunido una colección como la suya no ve en los libros simples objetos. No quise contradecirla, aunque sabía bien que esa es la norma. Las mejores piezas están en poder de los más ricos, que suelen ser los más estúpidos. Normalmente coleccionan coches, barcos, tierras, amantes, enemigos. Los analfabetos, libros caros. Entonces le conté la historia de un viejo conocido, un bibliófilo que cumplía condena en California por atentar contra un magnate de la informática que había comprado unos manuscritos de Leonardo. Llevaba detrás de aquellos libros desde hacía más de veinte años, y no pudo soportar verlos en manos de un idiota que creía que el latín era un lenguaje de programación. -Mi marido lo habría conseguido. Conseguía todo lo que quería. No le pregunté si se refería al libro o al asesinato. Aunque no me costó imaginarme al viejo conspirando para saquear la biblioteca de un moribundo, o mintiendo a una viuda para hacerse con un incunable . Y ahora, ya ciego, seguía viajando. Era tan extraño. Debía de haberle resultado duro perder la vista. Perderlo todo. -Yo los odiaba –dijo ella-. Odiaba sus libros. No podía soportar que dedicara la vida a perseguir libros por el mundo, sumergido en ellos, en los catálogos, en libros y más libros. -Dicen que en este es el gremio con más divorcios. A ustedes no les gusta que sus maridos pasen la noche acariciando libros... -No sea imbécil. Lo difícil es soportar que sólo hable con los libros, que sólo tenga ojos para ellos, que una se vea reducida a ser poco más que un mueble. Para pasar la noche sirve cualquier hombre. Yo lo quería a él. Lo quiero a él. Y no había acabado de decir esto cuando me besó. No dijo nada más. Empezó a desnudarme, tirando mi ropa por el suelo de la biblioteca, y me arrastró hasta el dormitorio. Aquello se repitió durante tres días. Apenas entraba en el piso me conducía en silencio a la cama y follábamos hasta llegar la tarde. Después comíamos algo y, quizá por guardar las apariencias, o por tranquilizar la conciencia, regresábamos a la biblioteca para continuar el trabajo. Sumida en los libros parecía cada vez más asqueada, harta de aquellos objetos polvorientos, deseando terminar la tarea y temiendo que su final fuera también el de nuestros encuentros. Yo hubiera querido que fuéramos personajes de novela para proponerle una fuga, o asesinar a su marido y quedarnos con sus libros. Pero la realidad no casa con el romanticismo barato, y en aquel momento no tenía nada que ofrecerle. Cuando me despedí aquella noche me anunció que su marido estaba a punto de regresar. El trabajo estaba casi terminado. De hecho para el viejo era ya suficiente: cuando me recibió al día siguiente lo primero que dijo era que daba por concluida la tasación. Me propuso cobrar el salario pactado o escoger, en su lugar, un par de libros por los que podría conseguir un mejor precio. Naturalmente, elegí esta opción. Y, naturalmente, elegí dos libros que había tasado, previendo que algo así podría suceder, muy por debajo de su precio real. No es una práctica rara en mi profesión la de cobrar en especie, y gracias a ella es rentable vivir como un ratón de bibliotecas ajenas. Mientras me acompañaba hasta la puerta le ofrecí buscar un buen comprador, alguien generoso y decente, que no intentara estafarlo. —No, gracias. De eso nos ocuparemos nosotros. Usted ya ha sacado bastante beneficio de este negocio. Supuse que sospechaba algo de mi pequeño fraude. Debía de conocer bien su colección. No obstante le entregué mi tarjeta y le prometí que, si lo deseaba, le ayudaría a deshacerse de sus libros a cambio de una buena fortuna. Evité decirle que me despidiera de su esposa. Una vez en la calle pensé que no volvería a verla, pero entonces oí que ella me llamaba. Se refugiaba en un portal, al otro lado de la calle. -Ven conmigo –le dije-. Con lo que me van a pagar por estos libros podremos vivir bien. Y puedo ayudarte a sacarle al viejo un puñado de ejemplares que nos hagan ricos. -No. No puedo dejarlo. Él ha sacrificado mucho por mí. Durante mucho tiempo le reproché que sólo tuviera tiempo para su biblioteca. Nunca me hablaba, nunca me escuchaba. Sólo leía sus libros. Hasta que lo abandoné. Entonces ocurrió el accidente. Ha sacrificado tanto por mí... Dice que le gusta leerme, ¿sabes? Quizá no ha dejado de amar los libros. Quizá yo me he convertido en uno. -Todos lo estamos. Sólo sé que él ha sacrificado demasiadas cosas. No puedo abandonarlo de nuevo. Me alejé sin volver la cabeza. Ni siquiera le dejé besarme. Quizá tuviera razón y estemos todos locos. Debía olvidar a aquel matrimonio cuanto antes, y vender los libros que le había sacado al viejo. Un par de millones, quizá. No podía creer que se hubiera dejado engañar así. 16/04/2005Futuribles
![]() Eugene Smith, "The Walk to Paradise Garden_1946" Toda su vida había pensado que lo mejor estaba por llegar. Ojo, tampoco tenía el listón demasiado alto. Cualquiera que lo viera allí sentado hubiese pensado que había caído al sillón desde un balcón, cataplof, porque la espalda la apoyaba por completo en el asiento, y resoplaba con las piernas abiertas, sudando como un pollo y desgreñado de arriba abajo. Ocupado en darse qué pensar y cayéndosele la vida entre los dedos, comparaba su trayectoria con una espiral de pasta. Porque a su mente de dos por dos son cuatro le cuadraba. Porque cada giro era su particular vuelta de tuerca, y porque por las curvas cerradas —la muerte de sus padres, el cierre de la empresa familiar, el corte del suministro de luz, del de agua, el gas— subía deslizándose instalado en la certeza, imperturbable, de que lo mejor estaba por llegar. Pero el mes de agosto le pesaba en los hombros y el calor que le asfixiaba sólo lo rebajaba la colcha de raso de su madre. Así que del sofá pasaba a la cama, ponía los pies en los almohadones y se quedaba mirando al techo dejando que la mínima corriente que unía la ventana de su dormitorio y el cuarto de baño se le deslizara por encima. Quieto, pero insistente visionario, concluía que más que una espiral de pasta lo suyo había sido un auténtico espaguetti, que había que ver lo poco que se había salido de la norma. Tan lineal y tan soso. Hacer, había hecho lo mismo que todos los amigos de su edad, sin excepción, y bueno, si era verdad que una recta era una línea que unía dos puntos, él tendía hacia ese punto resuelta e inevitablemente, y claro que sí, lo mejor estaba por llegar. Entonces la noche llegaba y ponía un pie de hierro sobre su frágil convicción. A sus sueños se había agarrado la tarde que se perdió con su hermana por el monte y caminaba con ella dando vueltas y más vueltas por los mismos sitios, repitiéndole que no se preocupara, que él la llevaría a casa, que aquello era sólo un paseo y que lo mejor estaba por llegar, hasta que la cría cayó rendida por el frío y él no supo qué hacer de ella ni de nada, despertándose sollozando después de ver los ojos de su madre, más rojos que dos pimientos, cerrarse llenos de lágrimas diluyéndose de a poco. De inmediato, abría los suyos y se le ponía un miedo a perderse y a estropear no sabía qué cosa en el pecho que lo único que le permitía era caminar, ya de día, hasta el sofá, calculando el número de losas que había desde su cama hasta él, y que invariablemente, sumaban setenta y tres. Ya era casualidad. El mismo número de macarrones que trae una bolsa de cuarto. |
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