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Futuribles

Esta noche parapo (su casa: Ostinato Rigore) me ha dado una frase con la que iniciar un relato. Él también lo ha escrito —a contrarreloj y mucho más rápidamente que yo—, ve y léelo.


Eugene Smith, "The Walk to Paradise Garden_1946"

Toda su vida había pensado que lo mejor estaba por llegar. Ojo, tampoco tenía el listón demasiado alto. Cualquiera que lo viera allí sentado hubiese pensado que había caído al sillón desde un balcón, cataplof, porque la espalda la apoyaba por completo en el asiento, y resoplaba con las piernas abiertas, sudando como un pollo y desgreñado de arriba abajo. Ocupado en darse qué pensar y cayéndosele la vida entre los dedos, comparaba su trayectoria con una espiral de pasta. Porque a su mente de dos por dos son cuatro le cuadraba. Porque cada giro era su particular vuelta de tuerca, y porque por las curvas cerradas —la muerte de sus padres, el cierre de la empresa familiar, el corte del suministro de luz, del de agua, el gas— subía deslizándose instalado en la certeza, imperturbable, de que lo mejor estaba por llegar.

Pero el mes de agosto le pesaba en los hombros y el calor que le asfixiaba sólo lo rebajaba la colcha de raso de su madre. Así que del sofá pasaba a la cama, ponía los pies en los almohadones y se quedaba mirando al techo dejando que la mínima corriente que unía la ventana de su dormitorio y el cuarto de baño se le deslizara por encima. Quieto, pero insistente visionario, concluía que más que una espiral de pasta lo suyo había sido un auténtico espaguetti, que había que ver lo poco que se había salido de la norma. Tan lineal y tan soso. Hacer, había hecho lo mismo que todos los amigos de su edad, sin excepción, y bueno, si era verdad que una recta era una línea que unía dos puntos, él tendía hacia ese punto resuelta e inevitablemente, y claro que sí, lo mejor estaba por llegar.

Entonces la noche llegaba y ponía un pie de hierro sobre su frágil convicción. A sus sueños se había agarrado la tarde que se perdió con su hermana por el monte y caminaba con ella dando vueltas y más vueltas por los mismos sitios, repitiéndole que no se preocupara, que él la llevaría a casa, que aquello era sólo un paseo y que lo mejor estaba por llegar, hasta que la cría cayó rendida por el frío y él no supo qué hacer de ella ni de nada, despertándose sollozando después de ver los ojos de su madre, más rojos que dos pimientos, cerrarse llenos de lágrimas diluyéndose de a poco. De inmediato, abría los suyos y se le ponía un miedo a perderse y a estropear no sabía qué cosa en el pecho que lo único que le permitía era caminar, ya de día, hasta el sofá, calculando el número de losas que había desde su cama hasta él, y que invariablemente, sumaban setenta y tres. Ya era casualidad. El mismo número de macarrones que trae una bolsa de cuarto.

Sábado, 16 de Abril de 2005 02:56. [ + ]. Tema: La tiranía del lector Hay 10 comentarios.

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